Revelación de la Protección

Era temprano en la mañana. Estábamos a algunas millas fuera del Puerto Au Prince, en Haití, en el verano de 1987. Me habían pedido que acompañe a mi pastor principal y al pastor de misiones a hacer un viaje exploratorio a un orfanato Haitiano durante una semana. El misionero a cargo estaba buscando una iglesia o una organización que se hiciera cargo de la obra, porque él iba a retirarse pronto. Aterrizamos la noche anterior y fuimos recibidos por el caos que había en la ciudad; habíapilas de neumáticos quemados, automóviles dañados y gente moviéndose en grupos a través de las calles oscuras.

Preguntamos qué estaba pasando, a lo que nuestro anfitrión respondió: ‘la gente sólo está celebrando’. Yo pensé: ‘Estoy tan agradecido de que ni mi automóvil, ni mi casa estén envueltos en esta celebración. ¡Tanta celebración podría ser peligrosa!’

 No fue hasta que llegamos al recinto del orfanato, que estaba fuera de la ciudad, que el misionero nos contó la historia completa. La gente estaba haciendo disturbios debido al clima de inestabilidad política y económica en el país. Según nuestro anfitrión, la gente iba a cerrar la ciudad, y tanto el tránsito como el comercio se iban a detenervarias veces durante los próximos días. La violencia era algo común en estas situaciones. Íbamos a tener que ser muy cuidadosos con nuestros movimientos si decidíamos ir a la ciudad.

Con eso en mente, nos guiaron a nuestras habitaciones para pasar la noche. La mañana siguiente tomé mi Biblia y trepé las escaleras que daban al techo plano de la casa de misiones. Desde allí pude ver el océano y algunas casas y negocios que estaban en los alrededores. Todo se veía pacífico. Pero el Señor sabía del peligro potencial que había y a medida que leía mi Biblia llegué a la siguiente Escritura:

“Bendito sea el Señor, porque ha hecho maravillosa su misericordia para conmigo en ciudad fortificada.” (Salmos 31:21)

En ese momento la fe nació. Esta palabra se volvió viva en mi corazón y supe que sin importar las circunstancias, Dios me iba a dar cualquier cosa que yo necesitara. Instantáneamente tuve paz.

Yo estaba creciendo en mi sensibilidad al Espíritu. Estaba aprendiendo a “oír” a Dios. Muchas veces el Señor me habla a través de Su Palabra. No puedo contar cuantas veces el Señor me ha dado promesas, dirección y revelación específica para mi vida mientras leía la Palabra. Es la manera principal en la que Dios trata conmigo. Mi tiempo de oración y lectura esa mañana me prepararon para las aventuras que iban a venir. Pero ¿qué habría sido si yo no hubiese estado orando y leyendo? ¿Habría tenido la misma fe durante el resto del viaje? ¿El miedo le habría abierto la puerta al enemigo?

Pablo estaba en oración cuando Dios le dio la siguiente advertencia:

“Y me aconteció, vuelto a Jerusalén, que orando en el templo me sobrevino un éxtasis. Y le vi que me decía: Date prisa, y sal prontamente de Jerusalén; porque no recibirán tu testimonio acerca de mí.” (Hechos 22:17-18)

¡Date prisa, y sal prontamente de Jerusalén! ¿Qué habría sucedido si Pablo se salteaba su tiempo de oración y en vez de eso iba a comprar café? ¿Las cosas habrían sido distintas para él ese día y quizás también para el resto de su vida? ¿Es posible que nos hayamos perdido algunas advertencias e instrucciones de Dios simplemente porque estábamos muy preocupados como para oírlo?

Dios quiere revelarnos cosas. El quiere mostrarnos lo que vendrá.

“Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.” (Juan 16:13)

Una vez más, el Espíritu dará testimonio a nuestro espíritu. Él no solo nos enseña (como me enseñó sobre la justicia), el nos advierte, nos conforta, nos dirige, nos corrige y nos libra. Pero debemos ser sensibles a Él.

Nuestros días en Haití fueron una aventura, por decirlo de alguna manera. Viajamos al Puerto Au Prince en las pocas horas que la ciudad se declaraba abierta. Vimos la pobreza increíble y la miseria humana que produce la oscuridad espiritual. Fui testigo de cómo un hombre perseguía con un hacha a un ex policía secreto cuando estaba buscando algo en el mercado principal. Ellos pasaron a centímetros de donde yo estaba. No tenía idea de lo que podría pasar, pero ver tanta violencia a la plena luz del día era alarmante. Pero yo tenía una palabra de Dios.

El autobús que nos llevaba de vuelta al recinto, decidió que era muy peligroso continuar el viaje y ordenó que todos se bajaran. Caminamos a la estación de servicio más cercana que estaba llena de más hombres Haitianos. Ellos instantáneamente se reunieron alrededor nuestro y quisieron hablar. Nunca nos sentimos amenazados, pero no era una situación muy cómoda. Oímos disparos no muy lejos.

Un camión grande vino desde la calle y la multitud de hombres corrió a la autopista para parar el camión. Ellos hicieron bajar al conductor y lo obligaron a abrir la parte trasera del camión. Fue ahí que nos dimos cuenta de que estos hombres estaban secuestrando camiones y robando las cargas. Este camión estaba vacío y el conductor y los hombres dieron grandes carcajadas. Mientras el camión se alejaba, todos los hombres volvieron a reunirse alrededor de nuestro pequeño grupo. Sentimos que las cosas eran un poco diferentes esta vez. El misionero le pudo pagar a uno de los hombres para que nos llevara el resto del camino en su auto, y pudimos volver al recinto sanos y salvos.

Esa noche las fuerzas opositoras anunciaron que día siguiente, el país se iba a cerrar indefinidamente desde temprano. Decidimos que necesitábamos llegar al aeropuerto lo más rápido posible, y esperábamos poder cambiar nuestros pasajes para el primer vuelo. Las cosas se estaban poniendo interesantes, pero yo tenía una palabra de Dios: “Bendito sea el Señor, porque ha hecho maravillosa su misericordia para conmigo en ciudad fortificada”. Una palabra de Dios te pondrá más allá de las cosas que parecen negativas. En mi corazón yo ya sabía que estaba a salvo. Yo sabía que no importa lo que pasara, yo iba a ser librado.

No me tomaré el tiempo de relatar todos los detalles de las siguientes horas. Era tarde en la noche, y sin luz, nos lanzamos a la ciudad a través de calles secundarias; evitando barricadas, fuimos a un hotel de una estrella que estaba lleno de otras personas como nosotros que tenían su propia historia para contar. Las ventanas de los autos y autobuses estaban rotas, gente maltratada y en general, el ambiente se iba poniendo más denso con rapidez.

Intentamos dormir por un par de horas,  antes de hacer el viaje en autobús que nos llevaría hacia el aeropuerto. Allí encontramos cientos de personas durmiendo en las veredas y en el vestíbulo. Las filas de gente se formaban muchas horas antes del horario de los vuelos que estaban estipulados para ese día. Nuestros pasajes eran para dos días después de ese, y todo lo que podía ver era una masa de humanidad asustada tratando de abordar los mismos aviones que nosotros. Pero yo tenía una palabra de Dios.

Después de horas esperando, negociando y creyendo, nos dieron pasajes de espera para arribar al avión que terminó siendo el último en dejar el país por cinco días. Seguidamente vimos lo que parecían miles metiéndose en el avión antes que nosotros, incluyendo a los empleados del aeropuerto, hasta que al fin nos llamaron por nuestros nombres. Creo que fuimos los últimos tres en abordar. Dios me había mostrado Su amor en una ciudad fortificada. ¿Cuánto dependió Su protección de que yo lo oyera? Si el miedo hubiera entrado en mi corazón, ¿hubiera pasado lo mismo?

Una Escritura que se vivifica en tu espíritu en el momento oportuno puede cambiar tu destino. Muchas veces nos encontramos en medio de pruebas y circunstancias adversas. Es durante esos momentos que la palabra vivificada en nuestro espíritu puede librarnos, darnos sabiduría, dirección, autoridad y fe.

Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros pacto eterno, las misericordias firmes a David. (Isaías 55:3)

El conocimiento revelado no solo trata con grandes verdades doctrinales y grandes misterios, sino también con los asuntos de la vida diaria. Necesitamos ser vivificados continuamente por la Palabra de Dios.

Líbrame conforme a tu palabra (Salmos 119:170)