La Revelación de la Sanidad

Corría el año 1989 y habíamos estado en Guatemala unos 7 meses estudiando español. En aquellos días viajamos a una remota aldea que se encontraba en una montaña, en Guatemala, y allí compartir la Palabra con un grupo de cristianos y ser testigos de un servicio de bautismo. Era una buena oportunidad de conocer indígenas y compartir nuestra fe con ellos. Después del bautismo nos invitaron a merendar en un lugar muy rústico y en condiciones sanitarias muy pobres. Fue probablemente durante esa comida, que ingerí algo contaminado.

No muchos días después, empecé a sentirme débil y con náuseas. Esto continuó por algunos días más, hasta que una mañana me levanté y me miré al espejo. Mis ojos y piel amarillos me estaban mirando. Una consulta a un doctor cristiano, me confirmó que tenía hepatitis. Después del análisis de sangre requerido, el doctor me dijo que tendría que estar en cama por 4 meses. Pero nosotros teníamos planes de mudarnos a Chile antes de que ese período de tiempo termine; por lo que el veredicto de los 4 meses no fue bienvenido.

Una vez, estando solo en la cama, empecé a recordar todas las razones por las que no debería estar enfermo. ¡Yo era un graduado de la universidad Bíblica y un misionero para Dios! ¡Estaba siguiendo el llamado de Dios para mi vida! ¡No debería estar enfermo! ¡Yo creía en la sanidad! Pero todas esas cosas no eran suficientes. Necesitaba algo más profundo.

Pasé esos días en la Palabra, leyendo libros que inspiraban a la fe y oyendo enseñanzas. Probablemente me centré en la Palabra más que nunca. ¡No podía hacer ninguna otra cosa! Lo que no me había dado cuenta en ese momento, era que yo estaba creando un ambiente propicio para oír a Dios.

Más allá de mi llamado, contexto y esfuerzos por servir al Señor, hoy puedo darme cuenta que oírlo a Él no era una prioridad diaria para mí. Mi tiempo en cama me dio la oportunidad de eliminar todas las distracciones y enfocarme sólo en eso.

 “Pero su fama se extendía más y más; y se reunía mucha gente para oírle, y para que les sanase de sus enfermedades.” (Lucas 5:15)

Después de cuatro semanas… sucedió. Débilmente salí arrastrándome de mi pequeña habitación y me senté en el comedor. La familia se había ido al mercado y yo tenía la casa para mí solo. Mientras estaba sentado en una simple silla de madera, el Espíritu de Dios me dijo: “Por mis llagas fuiste sanado.” Yo conocía esa Escritura. Podía enseñar sobre sanidad. Ya había leído esa y otras Escrituras sobre sanidad. No dudaba de la voluntad de Dios. Pero repentinamente ¡Lo que era una doctrina se volvió vida en mí! El Espíritu dio testimonio a mi espíritu. ¡Yo supe que había sido sanado!

Me vestí e hice una caminata por la calle. La gente sana puede hacer eso. Todavía estaba demacrado y amarillo, pero había algo diferente. Supe que supe que supe que estaba sano. La Palabra del Señor había venido a mí.

Rápidamente empecé a recuperarme y a ganar peso nuevamente. El pronóstico de los cuatro meses se transformo en cuatro semanas porque fui capaz de oír a Dios. ¿Qué aprendí de esto?

Primeramente, que Dios no me estaba probando, que la enfermedad nunca es Su voluntad. Segundo, que la Palabra de Dios está siempre viva y activa. No es que el versículo que fue vivificado en mi espíritu, se volvió vivo de repente ese día en 1989  ¡Siempre había estado vivo! Era yo quien estaba viviendo en piloto automático sin crear un ambiente para oír a Dios. Era yo el que no estaba viviendo de toda palabra que sale de la boca de Dios. Por eso, cuando vino el momento de recibir sanidad, no estaba en el lugar propicio para oírlo a Él. Me tomó cuatro semanas estar en ese lugar.

La revelación de una verdad ya conocida trajo fe y sanidad. A partir de esa experiencia me di cuenta que saber algo, incluso saberlo lo suficiente como para enseñarlo, no es suficiente. La verdad es espiritual. Debe ser vivificada en nuestros espíritus nacidos de nuevo para que la fe nazca y cambie lo que sucede. Debemos aprender a “escuchar” y “ver” con oídos y ojos espirituales.

Jesús, haciendo referencia a los judíos que vivieron en Sus días, dijo lo siguiente:

“Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado, Y con los oídos oyen pesadamente, Y han cerrado sus ojos;Para que no vean con los ojos, Y oigan con los oídos, Y con el corazón entiendan, Y se conviertan, Y yo los sane.” (Mateo 13:15)

En este versículo Jesús explica exactamente por qué algunos no reciben sanidad. Es un problema del corazón. El corazón se ha consumido con las preocupaciones de la vida. Los oídos espirituales están sordos. La visión espiritual está nublada. Un corazón que no está a tono con el Espíritu de Dios, tiene dificultad para oír. La fe está bloqueada.

Tristemente, en muchas iglesias los creyentes están instruidos para confiar en la soberanía de Dios y aceptar el hecho de que Él estaba en control de ciertos eventos negativos. En lugar de aprender a crecer en sensibilidad al Espíritu de Dios, a menudo creamos excusas teológicas.

Una vez más, no es una doctrina o un sistema de creencia el que nos sana y nos alivia del sufrimiento. Es el fruto de oír a Dios. Es en nuestros tiempos de comunión con el Padre que Su Palabra es vivificada en nuestros espíritus.

Considera los siguientes ejemplos de conocimiento revelado y como fluyó la sanidad.

El ciego Bartimeo tuvo un revelación de la Identidad de Jesús: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!”(Marcos 10:47) De alguna manera Bartimeo recibió una revelación de la identidad de Jesús como hijo de David. Para los judíos, este era el título del Mesías, El que vendría a sanar y liberar a los oprimidos. Esta revelación causo que Jesús parara y ministrara a Bartimeo y él recibiera la vista.

El Centurión tuvo una revelación de la autoridad de Jesús: “Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará. Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.” (Mateo 8:8-9). El Centurión no le pidió a Jesús que venga a su casa. Él supo que las palabras de Jesús eran suficientes. ¡Él entendió la autoridad espiritual! Lo interesante es que el Centurión no era judío y aún así el Espíritu de Dios le reveló algo que dio como resultado la sanidad de su siervo. Jesús declaró que ¡No había encontrado tanta fe en todo Israel! ¡El conocimiento revelado da a luz una gran fe!

Los amigos del hombre paralítico, tuvieron una revelación del poder de la presencia Jesús: “Aconteció un día, que él estaba enseñando, y estaban sentados los fariseos y doctores de la ley, los cuales habían venido de todas las aldeas de Galilea, y de Judea y Jerusalén; y el poder del Señor estaba con él para sanar. Y sucedió que unos hombres que traían en un lecho a un hombre que estaba paralítico, procuraban llevarle adentro y ponerle delante de él.” (Lucas 5:17-18) Algo inspiró a estos hombres a seguir adelante aún cuando las circunstancias naturales estaban en contra de ellos. La fe nació en sus corazones y ellos fueron capaces de escalar al techo y hacer un agujero a través del cual bajaron a su amigo.

¿Que hizo que llevaran adelante tal fe y perseverancia?

Los dos hombres ciegos tuvieron una revelación de Su misericordia y compasión: “Y dos ciegos que estaban sentados junto al camino, cuando oyeron que Jesús pasaba, clamaron, diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros! Y la gente les reprendió para que callasen; pero ellos clamaban más, diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros! Y deteniéndose Jesús, los llamó, y les dijo: ¿Qué queréis que os haga? Ellos le dijeron: Señor, que sean abiertos nuestros ojos.  Entonces Jesús, compadecido, les tocó los ojos, y en seguida recibieron la vista; y le siguieron.”

La mujer con el flujo de sangre tuvo una revelación de la unción de Jesús: “cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto. Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva.” (Marcos 5:27-28) A pesar de que esta mujer era considerada ‘inmunda’ por la ley judía, ella tuvo una revelación de que incluso las ropas de Jesús tenían Su unción. Esa revelación la impulsó a entrar en la multitud y seguir adelante hasta lograr tocar Su manto.

Lo que encuentro llamativo es que en cada uno de estos casos, gente común fue motivada por una revelación de lo que Dios había hecho disponible. Estos no eran escolásticos, ni teólogos; incluso dudo que ellos hayan sido diligentes buscadores de Dios. Pero sus corazones no estaban endurecidos y sus oídos no estaban sordos. Ellos oyeron al Espíritu de Dios, no porque fueran especiales, sino porque estaban abiertos. La fe nació en sus corazones y las acciones siguieron la fe.

Oír a Dios es la clave para la sanidad de nuestros cuerpos. A menudo le pedimos a los demás que crean por nuestra sanidad.  Nos sentimos indignos y fuera de contacto con Dios. Hay un peso en nuestras consciencias que nos lleva a pensar que nuestra relación con Dios no es lo que debería ser.

Pero espera y piénsalo. Nadie en los Evangelios tuvo una relación cercana con Dios. ¡Ellos ni siquiera eran nacidos de nuevo! Y aún así, todo el que se acercó a Jesús fue sanado. ¿Cómo puede ser? Ellos simplemente “vieron” algún aspecto de Su naturaleza en sus espíritus que generó fe. No fue que ellos eran maduros o devotos a Dios. Ellos solo vieron un destello de Su identidad, o Su autoridad, o Su compasión, o Su unción, o Su poder y esa simple revelación los guió hacia Él con expectación.

¡Esto debería ser alentador para nosotros! Todo lo que necesitamos es estar abiertos a “ver” y “oír” la naturaleza de Dios y recibir lo que es nuestro.

“Y descendió con ellos, y se detuvo en un lugar llano, en compañía de sus discípulos y de una gran multitud de gente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón, que había venido para oírle, y para ser sanados de sus enfermedades” (Lucas 6:17,18)